La guerra de un amante
Sentada en una cafetería de frente a mi papá, descalza, las uñas acabadas de pintar con un french tip grueso, los pies mugrosos de caminar todo el pueblo sin zapatos, con frío, la expectativa de que en cualquier momento llegaría mi aromática, con la seguridad de que Dios nunca me ha abandonado. Así fue, así me encontró la lección, la realización. Le miré los ojos a mi papá, son cafes, planos, no tienen brillo ni matiz, son pequeños rodeados de los párpados que se empiezan a caer, "el peso de los años", lo veo y recuerdo cuando le temía, cuando tenía miedo de que en cualquier momento explotara y con su ira me calcinara. Hoy veo la ternura, la mansedumbre que le han impuesto los años y la violencia que los años han impregnado en mi. Nunca vamos a estar a mano. Pero veo sus ojos, y reconozco la mirada del hombre que más amo y más amaré, un Dios para mi, la imagen racional más cercana al mamarracho caótico al que le rezo todos los días. Después de mojar mis labios con el agua c...