La guerra de un amante


Sentada en una cafetería de frente a mi papá, descalza, las uñas acabadas de pintar con un french tip grueso, los pies mugrosos de caminar todo el pueblo sin zapatos, con frío, la expectativa de que en cualquier momento llegaría mi aromática, con la seguridad de que Dios nunca me ha abandonado. Así fue, así me encontró la lección, la realización.

Le miré los ojos a mi papá, son cafes, planos, no tienen brillo ni matiz, son pequeños rodeados de los párpados que se empiezan a caer, "el peso de los años", lo veo y recuerdo cuando le temía, cuando tenía miedo de que en cualquier momento explotara y con su ira me calcinara. Hoy veo la ternura, la mansedumbre que le han impuesto los años y la violencia que los años han impregnado en mi. Nunca vamos a estar a mano. Pero veo sus ojos, y reconozco la mirada del hombre que más amo y más amaré, un Dios para mi, la imagen racional más cercana al mamarracho caótico al que le rezo todos los días. 

Después de mojar mis labios con el agua caliente, de tocar con mis dientes el limón que flotaba, lo miré una vez más y le dije: "Todos los días hago todo lo posible por no equivocarme, llevo años procurando evadir el error. La única manera de no equivocarse es no vivir y eso es lo que hago, dejo de vivir para no equivocarme" Él me miro como si le estuviera diciendo algo que ya sabía hace mucho tiempo, recuerdo hace unos años que me dijo: "Equivocate ahora que estoy yo acá para ayudarte, me da miedo que te equivoques cuando yo ya esté muerto y no te pueda rescatar" lo recordé levemente... al segundo me dijo: "Equivocate, vive, haz tus cosas. Uno igual se equivoca toda la vida, mírame a mi, hasta el día de hoy me sigo equivocando. Ríe, llora, ten alegrías y tristezas, y tal vez procura que las alegrías sean más".

Desde ese día he estado, poco a poco, más dispuesta a errar. Por mucho tiempo sentí que ni yo ni mi familia estábamos en posición  de permitirnos un error más, ya habíamos cometido tantos. Así que yo con mis vestidos de princesa y mis crespos hasta la cintura decidí ser el adulto que salvaría a mi familia y a mí de las desdichas que el mundo podía ofrecer. Algunos pensaran que fue imposible, pero a mi sorpresa veo como sucedió. Como mi silencio, mi dulzura, la ligereza de mi tacto nos envolvió en una manta y nos protegió. Hoy, casi quince años después no quiero salvarlos ¿de qué nos ha servido? los he devuelto, escupido otra vez al mundo y arden el las llamas de lo que es el caos. 

Pero "las llamas del caos" es la esencia de la vida, la vida misma, yo también quiero arder en las llamas del caos. Errar y aprender, errar y vivir cosas maravillosas que me ponen la piel de gallina y me hacen llorar en su sola presencia. ¿Por qué sobrevivir al mundo si puedo vivir y morir? Además, no quiero sobrevivir al mundo, espero que un día Dios se me meta por la boca como una ráfaga de viento y me llene de una maravilla me mate, o me haga volar, o haga que me salga cola de cerdo, no importa. Colorear dentro de las líneas del mundo, dentro de lass líneas que con tanto temor hemos construido entre todos debilita el espíritu.

Hace varios años imprimí "The creative process" escrito por James Baldwin para Ridge Press en 1962. Hace unos días abriendo varios libros me encontré el pequeño documento: 

"Pero la conquista del mundo físico no es el único deber del hombre. También se le encomienda conquistar la vasta selva de sí mismo. El papel preciso del artista, entonces, es iluminar esa oscuridad, abrir senderos a través de ese vasto bosque, para que no perdamos de vista, en medio de todo nuestro hacer, su propósito, que es, después de todo, hacer del mundo un lugar más humano para habitar.

El propósito entero de la sociedad es crear un baluarte contra el caos interior y exterior, con el fin de hacer la vida soportable y mantener viva a la raza humana. Y es absolutamente inevitable que, una vez se ha desarrollado una tradición, cualquiera que esta sea, la gente, en general, suponga que ha existido desde antes del comienzo del tiempo y se muestre profundamente reacia, e incluso incapaz, de concebir cualquier cambio en ella. No saben cómo vivirían sin esas tradiciones que les han dado identidad.
Su reacción, cuando se les sugiere que pueden o que deben hacerlo, es el pánico. Y vemos ese pánico, creo yo, en todas partes del mundo hoy, desde las calles de Nueva Orleans hasta el siniestro campo de batalla de Argelia. Y un nivel más alto de conciencia entre la gente es la única esperanza que tenemos, ahora o en el futuro, de minimizar el daño humano.

El artista se distingue de todos los demás actores responsables de la sociedad —los políticos, legisladores, educadores y científicos— por el hecho de que él mismo es su tubo de ensayo, su propio laboratorio. Trabaja según reglas muy rigurosas, por arbitrarias que estas puedan parecer, y no puede permitir que consideración alguna se imponga sobre su responsabilidad de revelar todo lo que le sea posible descubrir acerca del misterio del ser humano.

Una sociedad debe asumir que es estable, pero el artista debe saber, y debe hacérnoslo saber, que no hay nada estable bajo el cielo.

Las sociedades nunca lo saben, pero la guerra de un artista con su sociedad es la guerra de un amante, y él hace, en su mejor momento, lo que hacen los amantes: revelar al amado a sí mismo y, con esa revelación, volver real la libertad".  

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