Madona con abrigo de piel

No hay mucha desesperación en mi, solo -supongo- la cantidad natural y prudente.  No puedo decir con cara seria ni corazón contento que no busco nada pues es una mentira enorme, pero me siento contenta, satisfecha en la medida que uno puede estarlo en un mundo tan lleno de posibilidades. 

Hoy fui a tomar cerveza con unos amigos, escampándome de las malas noticias. Me reí mientras sonaba un rock malísimo en un pequeño bar de Envigado al lado de un taller de mecánica. De camino a mi casa, en el carro de una amiga me pregunté en voz alta -haciendo que mi amiga pensara que la pregunta era para ella y no para Dios como yo lo pretendía- si la vida que llevamos está realmente construida de pequeñas desiciones ¿? o si por el contrario ya está escrita y no hay escapatoria a las decisiones que creemos tomar deliberadamente, tal vez nuestros aciertos o nuestras tardanzas están perfectamente orquestadas y no hay real escapatoria. Ella me contesto que no era Dios. 

Me estoy leyendo un libro de un hombre sencillo, simple, sin ambición... tal vez por eso me siento anestesiada, nunca he sido una mujer de sentimientos sencillos, sin embargo, si soy una persona profundamente influenciable, maleable, soy profundamente flexible y cualquier cosa -de ahí mi amor a la información- tiene el poder de afectarme y cambiarme. Recuerdo cuando estaba muy niña e iba al cine, siempre salía con una personalidad distinta moldeada a semejanza del personaje que más me hubiera impactado. Con el tiempo, he visto y leído tantas cosas que soy un ensamble de información. Por eso -creo- mis seres queridos me perciben como un ser "sorprendente" en el sentido de que tengo la capacidad de sorprenderles porque no saben por donde va a saltar la liebre. Hace varios meses, alguien me dijo con lagrimas en los ojos que le frustraba no conocerme del todo, a pesar de los años que llevamos de amistad. Solo pude responder con más lagrimas pues también tengo la capacidad de sorprenderme, soy un bebé que muere y nace todos los días. 

Esto es lo más largo que he escrito en varias semanas, no lo llamaría un bloqueo, si no algo más que no entiendo, pero hoy mi libro me dio una oración que podría explicarlo:

"Hubo un tiempo en el que intenté escribir: De hecho, incluso garabateé pequeños poemas, pero rápidamente abandoné mis esfuerzos. Sin importar que tuviera embotellado en mi interior, estaba absurdamente ansioso de dejarlo salir".               -Sabahattin Ali

Me canso antes de escribir. Como si una liebre se me escapara y ya de entrada sé que solo habrá cansancio, pues nunca la voy a alcanzar.

En un pequeño grupo de personas, me senté en el suelo y me describí ante una niña que tenía como tarea presentarme al grupo. Le dije que escribo, eso soy y eso hago y cuando no escribo leo y si no leo pienso. Me preguntó qué escribía y le hable de mis cuentos, sin embargo, le mencione que llevo meses sin escribir un cuento y la razón era sencilla: solo parecía ser capaz de escribir cuentos con protagonistas profundamente curiosas, pero sumidas en una melancolía tan fangosa que nunca salían de la situación en la que empezaban el cuento. Y así, me canse de solo ser capaz de conjurarlas a ellas, me cansé en nombre de mi lector hipotético e inexistente. Hice huelga en su nombre y acorrale al escritor -a mi misma- con un cuchillo en la mano diciéndole que no leería un cuento más de esa naturaleza. Desde eso, y aún rehén, no escribo. 

También le puedo agradecer a Lena Dunham por mi encontrada paz, leí Famesick; lo empecé frente una piscina en Santa Fe de Antioquia y lo terminé en un hospital. Me aborreció profundamente la lectura y sin embargo no podía dejar de leer. Todo el libro -respetuosamente- es basura, pero esa basura es un largo preámbulo para que el siguiente párrafo, encontrado al final del libro tenga el impacto que tuvo en mi y que ha durado hasta hoy:

"Sentí algo poco común, incluso más raro que cruzar la ciudad y dirigirme hacia el este. Estaba a salvo. Estaba a salvo en ese momento y lo seguiría estando. Pasara lo que pasase —lo que él pidiera, quienquiera que resultara ser—, yo permanecería intacta. Me había convertido en la persona que alguna vez esperé ser: no perfecta, ni libre de culpa, ni desvergonzada, sino plena. No iba a renunciar a esta nueva percepción de mí misma por nadie, sin importar lo que prometieran, ni cómo me tocaran o dejaran de tocarme, ni cómo me vieran o dejaran de verme".

Ahora sé que nunca seré la persona que pensé que iba a ser y mágicamente, soy la persona que quiero ser. Nunca voy a ser la mujer perfecta que tanto me esforcé en ser en mis 20, soy a penas lo poquito que seré y en ese rinconcito encuentro todo el placer del mundo, más de lo que mi rigidez me hubiera permitido en cualquier momento.
El mundo es mío porque me doy la libertad de errar en él, y en esos errores hay pequeñas victorias. La mujer que quiero ser se equivoca, y después de aprender la lección se equivoca de nuevo. Ríe, llora, grita, se ve fea aveces y otras linda. Es amada y aborrecida, es atenta y egoísta, consuela y lastima...

En el temblor me quedé paralizada, en la mitad de la sala. No salí de mi casa durante, ni después, contemple lo que sucedía: la planta que se movía, la cortina que pegaba contra la pared, las líneas del suelo moviéndose de un lado para otro... Estaba tranquila, he vivido una vida buena, cocida entre Dios y yo, rodeada de cosas que amo, en paz con lo que he vivido, sentido, pensado... las abejas vienen a morir a mi hogar ... lo he hecho bien.


Camino Verde, Envigado.

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